23/12/09


EL AGUJERO

La azafata requirió a todos los pasajeros que se abrochasen sus cinturones, en breve aterrizarían en el aeropuerto de Oslo; Calista respiró hondo al oír estas palabras, el vuelo le había resultado interminable, más que si hubiese cruzado el Atlántico en barco. Fruto de una impaciencia mortífera estuvo sumida todo el vuelo en un sudor frío como la cola de papel pintado, este limitaba sus más simples movimientos, parecía una especie de muñeca rígida que amenazaba desde que embarcó en el aeropuerto de Barcelona con desarticularse por un meneo.

Sugestionada por sus desengaños, contrariedades y miedos, sentía su corazón como un cóctel molotov a punto de estallar, de repente, todo ese anhelo por consumar la llegada se esfumó en pánico, como cuando te abandona el olor de una flor al escapar de su lado, sintió asfixia por unos segundos y una tristeza incipiente afloro en sus ojos, imaginó por un momento como sería salir del aeropuerto sin ser vista, o mejor tomar de nuevo el primer billete de vuelta a casa. Qué locura más impensable y suicida, pensó.

De seguido recordó que ya no había lugar donde regresar, todo quedó atrás sin rastro alguno, salvo unos pocos parientes, que tantos problemas e inconvenientes le habían ocasionado, no había retorno, había pasado hoja de nuevo y no podía fallar ni fallarse otra vez, ya no era una cría y debía intentarlo de nuevo con todas sus fuerzas para conseguirlo.

Era el segundo viaje de su vida y el equipaje aunque más ligero que el primero le pesaba tres veces más, cada prenda iba impregnada de una ilusión y su consiguiente pérdida, de una esperanza y una malograda desesperanza.

Cerró los ojos mientras sintió descender el avión en picado, estaba nerviosa e inquieta hasta que una vez en pista se soltó el cinturón de inmediato y una emoción de cierto sosiego la embargó, se santiguó y por inercia tomó su cruz colgada al cuello y la besó.

Algo desorientada descendió del avión y siguió a parte de los pasajeros por el aeropuerto para recoger el equipaje, no atinaba muy bien a desenvolverse en grandes espacios, pese a su descomunal apariencia de mujer despampanante y de mundo, pura fachada, no conocía nada más que su pueblo natal en Cuba y la Barcelona recién abandonada.

Su vida se había desarrollado en las cinco calles de su pueblecito, y entre prácticamente cuatro paredes en los últimos dos años de su vida en Barcelona, no había habido nada más, no hubo paseos para descubrir la ciudad, ni pueblos aledaños, ni visitas a centros culturales, ni museos, ni copas en cafetines antiguos, ni cines, ni restaurantes, ni amigos, ni conocidos, no hubo nada de nada, a sus escasos veintidós años todas sus promesas hechas al llegar a España se esfumaron.

Se apresuró en cuanto tomó su maleta al primer aseo que divisó, se plantó frente al espejo y se recolocó todas sus prendas, desabrochó unos botones de su camisa dejando a la vista un pronunciado busto, sacó de su maleta un neceser y se retocó el maquillaje, parecía mayor a su edad. Toda ceñida en un pantalón ajustado que mostraba descaradamente sus formas, se ajustó el cinturón aún más, su cintura quedó de avispa, tomó unos zapatos de tacón de vértigo y los sustituyó a sus deportivas, simulaba aún más mujer.

Al acabar se sonrió y se mandó un beso picarón, al mirarse siempre se gustaba tanto que estaba enamorada de si misma desde niña; emprendió la salida, iba lenta pero segura, no le quedaba otra con esos taconazos, algunos hombres se giraban al verla pasar, Calista se llenaba de gozo y se reforzaba en su fuero interno. Se contoneaba cada paso un poco más, hasta que logró una especie de ritmo que parecía bailar en vez de caminar.

Vió en primera línea a Paul al otro lado de la cinta esperándola, ella le sonrió con una cierta angustia, tuvo un mal presentimiento como la última vez que hablaron, sabía que no era de fiar.

Se besaron en la boca con cierto titubeo, éste la tomó la maleta y le preguntó por el viaje, Calista contó todo justo al revés, él la miró de soslayo, sabía que mentía.

En una de las puertas principales de acceso les esperaba un chófer junto a un mercedes último modelo con cristales opacos, éste tomó la maleta de la mano de Paul y la metió en el maletero, mientras tanto Paul abrió la puerta trasera derecha a Calista con una maliciosa sonrisa y la cerró con fuerza, ambos hombres se apresuraron a subir al coche, al arrancar se activó el cierre de seguridad de las puertas, Paul observó por el espejo interior a las mujeres...

Calista al tomar asiento encontró a una joven rubia muy guapa con cara enigmática, se miraron y no se saludaron, al fin y al cabo las dos sabían a que se enfrentaban, a una encarnizada lucha por ser la puta más rentable.




2/12/09



EL VIEJO TITERE

Mario era un viejo bonachón que vagaba de pueblo en pueblo con su pequeña familia de muñecos, desde niño vivió inmerso en el mundo del teatro ambulante de sus padres, que recorrían todos los rincones de España escenificando cuentos y leyendas, éste con el paso del tiempo adivinó su vocación más profunda, la de titiritero; disfrutaba de aquí para allá por su espíritu libre y nómada, y destacaba en él poderosamente su don de gentes y jovialidad, que le conferían una naturaleza de artista idónea para cautivar las fantasías, sonrisas y asombros, tanto de niños como de mayores.


Para forjar su deseo creó con mucha paciencia e imaginación un repertorio de cuentos propios, y en función de éstos, ideó su pequeña familia de títeres, el primero en nacer fue Don Moncho, un títere apuesto y elegante, que unas veces resultaba ser un galán conquistador de mozas, como señor de un reino e incluso caballero en busca de justicia; tras de si apareció la dulce Gimena, una muñeca bella y delicada siempre doncella de sus cuentos agazapada entre hadas y príncipes azules. Más tarde vio la luz Toñete, un pequeño títere de aspecto algo desaliñado, muy simpático y pícaro, que a veces nos deleitaba como mancebo aplicado, ladronzuelo o paje; por último, nació de las habilidosas y amorosas manos de Mario la pequeña María, una muñeca de aspecto frágil y rostro risueño que despertaba una ternura sin igual, siempre tenía papeles tristes y secundarios de niña huérfana, desamparada, limosnera, etc. Mario la tenía un profundo cariño y a menudo ansió transformarla para que tuviese un merecido protagonismo en los guiones, pero la marcha del tiempo y la merma de fuerzas le vencieron, y jamás escribió nuevos cuentos para ella.
Sus cuatro títeres eran toda su vida, una vida llena de innumerables recuerdos, de lugares y gentes, de noches frías y calurosas, de caminos bajo las estrellas, de inusitadas e insospechadas anécdotas, pero siempre abrigado del fulgor del amor de sus amados muñecos.

Tan solo una vez en su vida éste se planteó cambiarla, fue cuando se enamoró perdidamente de Eloisa, una joven pasiega de un pueblo montañés de Santander, que conoció en una de sus funciones, la joven apareció una tarde sentada sobre la hierba expectante ante su función, un brillo irradiaba chispeante en su ojos mientras Gimena se abrazaba a Don Moncho en un acto final de amor. La muchacha era toda gloria, candidez y belleza y pronto quedó cautivada por el cálido titiritero y su comparsa de cuentos y títeres, Mario repitió su repertorio en aquel pueblo hasta la saciedad, con la intención de alargar su estancia hasta atreverse a pedir la mano a los padres de la muchacha.

Aquellos accedieron felices a dar la mano de su hija porque Mario era un hombre maravilloso y entrañable, en verano éste prometió volver para casarse y establecerse en la montaña y formar un hogar, quedaron por tanto felizmente comprometidos hasta su enlace en el estío.

Transcurridos tres meses él regresó al pueblo montañés acompañado de sus padres, cargado de mucho amor, ilusión e impaciencia por celebrar las nupcias, pero a escasos metros del sendero de la aldea, un anciano le dio la trágica noticia de la muerte de Eloisa por unas fiebres. Aquél infortunio dejo a Mario sumido en una gran tristeza durante años, pero con el tiempo y mucho coraje y siempre lleno del calor de sus títeres y el público, se sobrepuso al dolor.

La pasada noche le vi por última vez, fui a despedirme porque a la mañana siguiente iba camino del sur, en busca de inviernos menos crudos como las aves, le noté cansado y algo torpe porque observé que su mano algo temblorosa no atinaba a coser bien un faldón descosido de Gimena, charlamos con avidez de sentimientos y pensamientos como acostumbramos hace veinte años, la primera vez que le vi yo era tan solo una niña de nueve años, que fascinada de su ilusión me acerqué a tocarle suponiendo que era una especie de mago (y os prometo que así lo creo todavía), desde entonces comenzó una gran amistad y admiración.

Cada vez que viene por estos parajes al final del día de función, bajo la tenue luz de su carromato, aprovechamos para saber de nuestras últimas aventuras, pero siempre acabamos la velada acariciando a los títeres mientras me cuenta sus hazañas con ellos, si María se cayó y se rompió un dedo y el arreglo no ha quedado del todo bien, si Don Moncho se está haciendo viejo porque está perdiendo pelo, si el pequeño Toñete tuerce un ojo, etc. También ellos se resienten de los años y el ajetreo de tantos viajes, pero fieles como perrillos eternos no desaparecen de sus ojos la ilusión del primer día de su existencia al lado de Mario.

Le abracé con fuerza porque en estos últimos años en el fondo de mi corazón temo no volver a verlos jamás, me prometió que se cuidarían mucho y, que tal vez pronto escogerían un rincón para establecerse los últimos años de vida, le anime a quedarse aquí, en este pueblo que como en otros tantos sé que son muy queridos y bienvenidos, y me aseguró pensarlo. Me despedí de todos ellos con el fervor de verlos pronto pasado el invierno.

Al caminar hacía casa tuve la necesidad de volver porque sentí una profunda preocupación y tristeza, quería insistirle en quedarse en el pueblo a su regreso, al acercarme oí a Mario y los títeres hablar entre ellos, me produjo una emoción tremenda y una punzada de soledad en el corazón, mis ojos se empañaron de inmediato de lágrimas, tal vez fuesen ellas las autoras de mi alucinación cuando al descorrer con cuidado el cortinaje encontré sobre la mesa a mi viejo amigo hecho títere rodeado de sus muñecos que le abrazaban.

Silenciosa retrocedí sobre mis pasos y marché a casa con los ojos llenos de felicidad.










20/11/09


MUERTE DE OFELIA
Ofelia muerta según William Shakespeare

"Hay un sauce que crece a través de un arroyo, reflejando sus canosas hojas en el cristal de la corriente: allí llegó, con fantásticas guirnaldas de ranúnculos, ortigas, velloritas, y esas largas y purpúreas que los licenciosos pastores llaman con nombre más grosero, pero que nuestras castas doncellas llaman dedos de muerto. Allí, al trepar sobre las ramas salientes para colgar sus coronas de hierbas, un maligno mimbre se rompió, y sus trofeos vegetales y ella misma cayeron al lloroso arroyo: sus ropas se extendieron y la sostuvieron un rato a flote como una sirena, mientras ella cantaba trozos de viejas melodías, como inconsciente de su peligro, o como criatura natural y familiar en ese elemento, pero no pudo tardar mucho que sus vestidos, pesados de tanto beber, arrebataran a la pobre desgraciada de su canto melodioso a la fangosa muerte."

William Shakespeare, Hamlet, 4, VII (de la edición: R.B.A., Barcelona, 1994; pp. 78-79; traducción de José María Valverde)

Eran presa de amor, de ese amor puro y eterno que sobrepasa a la vida y por consiguiente a la muerte, que un día abandonó el huidizo Hamlet, cuando trastornado dicen con la visión del espectro de su padre, quedó loco y extraviado, entretanto, deambulaba con delirio por el umbral de la desamparada Ofelia, sin osar más a tocar su tersa piel ni a besar sus finos labios; ésta cautiva de desamor, vivió por entonces atormentada, hasta que un fatídico día feneció en un arroyo lleno de vida.

Sé Ofelia de tus días de dolor, del desamor y destemplanza..., e imagino como aquélla jornada vagabas evadida por el bosque, mientras cristalizabas cada pensamiento al elegir una flor, con las cuales harías lindas coronas de aromas y sentimientos para agasajar con cierta alegría tu desasosiego y, lograr en las ramas de los árboles entronizarlas como esperanzas prendidas desde tu corazón.

Tal vez, la aflicción te hechizara a premiar con tus íntimas ofrendas a la rama equivocada, ésta frágil como tú cedió y, en esos segundos inesperados tu cuerpo despertó con sobresalto en las aguas; presiento tuyo un profundo suspiro que ahogó el bosque en un doloroso silencio, la porte de acomodo de tu cuerpo en el arroyo insinúa la venidera purificación del sufrimiento de tu alma descorazonada

Sin urdirlo escogiste para amortajarte un paraíso bucólico de flores, musgo y guirnaldas, y como una flor silvestre sacrificada sobre el agua, se desprende tu agonía retenida sin destino, la sumisión de tu cuerpo orlada por tu cabellera esparcida en reposo sobre la gélida linfa, yergue de solemnidad toda tu figura y estampa, sin señal de tragedia alguna por el quebranto de vida, te ofreces al trance, exhausta de amor pero plácida como la arrulladora melodía de despedida de tus labios desprendida, tus ojos entreabiertos se apagan como una llama.

Me conmueven las dispensadas ataduras de existencia que nacen de tus manos entreabiertas, que se consagran a la libertad que da la muerte en una secreta alabanza, mientras te siento ahogarte con una quietud y pasividad inconcebible, una turbación y tortura me cuestiona..., si tu muerte mi primorosa Ofelia fue deliberada.


3/11/09




HOJARASCA

Me siento viva siempre que comienzan a asomar en los árboles los tiernos brotes nacientes bajo el tenue calor de los primeros rayos del sol y, adivino al alba con mis ojos puros el brillo frio de las puntitas de rocío sobre la hierba nueva y fresca; sonrio cuando las innumerables hojas recientes juegan intrépidas por alcanzar un sitio de esplendor en su árbol, mientras el gorgojeo de los pequeños gorriones, encandilan los frutos venideros que se agazapan entre las ramas como los niños en los brazos de sus madres.
Miles de hojas se entronizan en sus ramas bajo exclusivas y variadas formas, selladas de infinitos tonos verdes, morados, amarillos o rojizos, que condensan la savia inigualable de la bienvenida a la primavera.

Poco a poco pero sin pausa, como en un cuento, dará paso el impetuoso sol del verano que culminará con gracia el sabor maduro de los frutos, arropados con cautela por las serviles hojas, que a golpe de viento y sombra los desprenderá en su justo momento a la tierra, para néctar de otras vidas.

Entonces cuando el incipiente sol dé marcha atrás, entrará en escena mí amado otoño, para ayudar con nostalgia a derramar a los árboles de sus ramas las caducas hojas muertas, tornadas como lágrimas amarillas y ocres que deshacen su manto de abrigo a los frutos paridos.

Consumado el milagroso otoño, éste nos sorprenderá con una magistral estela coloreada sobre el suelo, con una conjugación inusitada y exquisita de tonos que tejen una alfombra musical, que al son de mis pies entona la melodía secreta de pisar hojas secas, entonces allí y en ese mágico momento, bajo las ramas desnudas descubriré con mis ojos el abrigo de un cielo abierto y seré hoja seca en espera de una nueva primavera.

29/9/09

CUERPO Y SOLEDAD

Tumbada recordaba la primera noche que pasó en su chalet adosado en Pozuelo, aquél día estaba encantada e ilusionada como una niña cuando consigue el mayor de sus deseos, fue una noche perfecta y de pleno éxtasis. Rememoró durante unos minutos la cena de inauguración con amigos y familiares, la infatigable noche con su marido de sexo hasta el alba con la excusa del estreno de la nueva cama, lo encantador y loco que era Luis entonces, la incansable fogosidad que le caracterizaba casi a todas horas y, tantas otras emociones pérdidas y olvidadas, que le pareció de súbito imposible como una sacudida violenta que ya hubiesen pasado casi ocho años desde entonces y, ni tan siquiera hubiese sido consciente de lo mucho que había cambiado todo, incluso ellos.

Después de un suspiro de nostalgia febril volvió sus ojos a la hoja del libro que estaba leyendo para conciliar el sueño, en pocos minutos apareció Luís saliendo del baño con su impecable pijama de rayas abotonado hasta el cuello y, sus mini gafas de cerca colgadas sobre el pecho mientras acicalaba su cabello con sus dos manos al unísono, como el que acaricia a su amado gato; ella le miró de reojo y lo advirtió por un instante como un verdadero extraño.

Se tumbó como un sonámbulo en la cama entre medio despierto y casi dormido, llevaba mucho tiempo que Luis sentía los días cada vez más pesados y sin sentido y para colmó Amalia había adquirido la manía de lectura nocturna que le descorazonaba casi siempre su descanso. No podía hacer nada ante esto, ella era tan implacable que no merecía la pena intento alguno de conciliación, pese a lo mucho que Amalia insistiese en imputar a sus vecinos sus desarreglos de sueño.

De repente, el crucifico del cabecero de la cama empezó levemente a vibrar, Amalia hizo un gesto compungido y arremetió con su codo en el hombro de Luis.

-¿Has oído?... hoy empiezan un poco pronto ¿no te parece? Dijo Amalia.

-Luís se dio media vuelta y apagó la luz de su mesilla mientras murmuró entre dientes:
Bueno y qué…deja que se diviertan para eso son jóvenes.

-Si te vas a dormir, luego no te quejes de que soy yo quien te despierta, y anda quítate las gafas que acabarás rompiéndolas, le increpo ella.

Luis con los ojos cerrados se las quitó y las depositó en su mesilla, no sin antes girarse para darle un beso a Amalia de buenas noches.

Ésta se desesperó por su indiferencia y por la noche de frenética actividad sexual que amezaban sus vecinos de al lado, no había ni una sola noche que no los oyese en sus prácticas íntimas, todo empezaba como una especie de ritual, se iniciaba muy suave con el movimiento del crucifijo y luego daban paso los gemidos y cuchicheos de la pareja, para culminar por último después de interminables preliminares a los chillidos y el golpeteo brusco de la cama contra su pared, y no conformes con una sola vez había noches que incluso hasta tres veces, si lo sabría ella, que no llegaba a conciliar el sueño hasta las 3 de la madrugada muchas oscuridades, desde que hace una año se instalaron en el pareado de al lado.

Sintió un ahogo de odio feroz en su fuero interno y arremetió de nuevo con su codo contra el cuerpo de Luís.

No aguanto más, dime cuando piensas de una vez por todas llamarles la atención, esto es vergonzoso e insoportable. Sentenció ella.

Luís como siempre desconcertado entre la realidad y su proceso onírico le expuso medio adormilado lo violento que le resultaba llamarles la atención y, que pensaría como manifestarse con tacto aprovechando la reunión de la junta de vecinos del próximo mes.

Amalia no contestó y cerró su libro con ímpetu, se soltó la coleta de pelo y agitó su cabeza con gesto de reproche mientras se cruzaba de brazos enfadada; en unos minutos quedó pensativa mientras observaba en la penumbra la espalda de Luis tan ancha y fuerte, surgieron pensamientos de nuevo de otros tiempos, que se enredaron con los sonidos que le llegaban del otro lado de la pared, su tensión se comenzó a desvanecer poco a poco como el humo, entre los gemidos que le llegaban de sus vecinos.

Instintivamente, quitó el libro sobre sus piernas y se deslizó en la cama, escuchó una especie de susurros a principio ininteligibles, luego nítidas palabras de pasión, Amalia las quiso para ella, su cuerpo reverdecía de deseo como los brotes esperados de un árbol olvidado. Se acercó despacio a Luis y le acarició con una tímida insinuación, le deseaba como podía en ese momento desear a cualquier otro hombre, solo pedía en esos instantes a un hombre que la abrigase el frío de sus entrañas.

Luís estaba dormido como de costumbre o tal vez se lo hacía y no reaccionó, ya estaba olvidado para él el sexo entre ellos, la pasión era una amiga de antaño que por arte de magia un día desapareció para no querer volver.

Amalia sollozó de rabia, su angustia y exaltación era de impotencia, de desear y no ser deseada, reconoció abierta y sin tapujos la envidia dañina y loca que le producían los gemidos, la cama golpeando la pared, los chillidos y el maldito crucifijo sobre su cabecero.

Se acurrucó de lado dando su espalda también a Luis y con una especie de miedo a lo desconocido, a lo no concebido por educación otorgó a sus manos y a sus vecinos el coraje de poder hacerles el amor.
Esa noche durmió por primera vez desde hacía tiempo profunda, llena y repleta de gozo con la pasión de sus vecinos.

9/9/09



TRISTANA Y SU CUBO DE PLÁSTICO AZUL…

Es curioso como un simple cubo de plástico insignificante, corriente y moliente, e incluso algo deteriorado por su continuo manejo, que ni por asomo tiene parecido alguno a los últimos modelos de cubos de gel de silicona que lucen en las esplendoras cocinas de muchos lugares del mundo, puede tener más valor y significado en la vida de una persona, que el cubo azul de una niña llamada Tristana.

Si le preguntas a Tristana que es lo más bonito que tiene o lo que más prefiere de sus cosas, jamás te dirá que una muñeca, un juego, un vestido ni nada parecido ni típico en cualquier niña que conozcamos de diez años, te señalará tímidamente con una sonrisa vergonzosa su cubo de plástico con la barilla del asa incluso medio doblada por su excesivo uso.

A los pocos días de conocer y observar a Tristana con su apegado cubo me decidí a preguntarle por sus quehaceres, su vida, sus cosas, en una palabra nos acabamos haciendo amigas, ella casi nunca soltaba el cubo de su mano y cuando lo ponía en el suelo siempre quedaba a su vera, iba con el cubo a todas partes, incluso dejaba de jugar correteando con los niños si éste le entorpecía mucho.

Yo acabé imaginando su cubo como su bolso, en el guardaba todo lo que se encontraba, desde una ramita que hallaba en un camino, como una piedra, un fruto, un insecto, etc. cualquier cosa la depositaba en su fondo como un tesoro. Al principio me resultaba gracioso e incluso comprensible, dado que era la única niña en el poblado que tenia un cubo de plástico para transportar 5 ó 7 veces al día sobre su cabeza, 4 litros de agua durante 5 km hasta su casa, el resto de los niños utilizaban recipientes de barro preparados para este menester.

Pensé que tal vez este era el secreto de la obsesión de Tristana por su cubo, estaba claro que era el último modelo de recipientes de aquellos parajes y, era probable que ella se sintiese diferente y orgullosa por ello, pero en el fondo esta deducción no me convencía del todo en mi interior; rápido observé que tanto los niños como los adultos no prestaban atención alguna al dichoso cubo, jamás nadie lo tocaba ni tan siquiera lo tenían en cuenta, por tanto, era evidente que el cubo no tenía valor alguno por añadidura para el resto de pobladores.

Con el tiempo descubrí que en aquel poblado no había cubos de plástico porque en el fondo no los querían, se me despejó la duda una tarde que llegó un jeep con ayuda humanitaria, llegaron con bidones de plástico y un montón de utensilios que yo en esas circunstancias reutilizaría para mi propia comodidad, pero por sorpresa, ninguno de los moradores hizo amago de quedarse con nada, salvo con el contenido de los mismos, que guardaban en sus propios recipientes creados con sus habilidosas manos.

Llegado este punto muerto, me obsesioné por averiguar que encerraba este cubo para la pequeña Tristana, yo tenía grandes dificultades de comunicación con la gente del poblado porque hablaban un dialecto muy propio, salvo unos pocos que balbuceaban en inglés algunas palabras básicas para el entendimiento sencillo, es un lugar que curiosamente sobran las palabras porque con las miradas y sonrisas se consiguen las mayores afirmaciones y negaciones jamás encontradas en la faz de la tierra, por consiguiente el enigma se tornó cada vez más dificultoso para mí.

Pero tal era mi deseo e incluso mi obsesión que un día Dios intercedió a mi curiosidad, y hoy más que nunca sé de su propósito. Llegaron de la misión más cercana a 50 Km. un misionero llamado Padre Luis, junto con dos cooperantes humanitarios para hacer un control del registro de nacimientos, defunciones y enfermos del lugar, y fue en una conversación con el Padre cuando descubrí el misterio del cubo.

Recuerdo como Tristana se acercó corriendo cuando regresó de uno de sus recorridos a por agua al ver al Padre Luis, le abrazó y le besó durante un buen rato, comprobé que él tenía también un especial cariño por la niña, y entonces como un chispazo me surgió la pregunta que tanto me perseguía.

El Padre me contó que Tristana se aferraba de forma imperiosa al cubo que un día trajo su madre al regresar al poblado, de la misión con la que les ayudaba a limpiar y cuidar a los enfermos de sida; para aquella mujer su cubo era su herramienta de trabajo, lo cargaba numerosas veces al día de agua para abastecer a la misión y, otras tantas veces para limpiar a los enfermos; más tarde por desgracia la niña como ejemplo de su madre lo tomaría para cuidarla y limpiarla a ella, hasta que falleció unos meses atrás de sida.
Este hecho curioso y emotivo despertó en esta niña de un recóndito lugar de Africa, la bondad atrapada en un viejo y simple cubo de plástico azul, desgastado de largas caminatas bajo el sol y usado para numerosos menesteres, por una madre, su labor, entrega y amor a enfermos y desprotegidos como ella en una tierra llena de alma.